lunes, 10 de octubre de 2016

EL HINTERLAND SANTACRUCERO. (1a PARTE). EL HISTÓRICO "CIRCUITO" DEL AGUA

Es consustancial a todos y cada uno de nosotros  tener vínculos especiales ligados a determinados enclaves, casi siempre adscritos a épocas amigables y despreocupadas, como la infancia. Eso me ocurre cuando me pierdo recorriendo esos riscos y montañas que custodian la urbe santacrucera, "mi campo de juegos" de niño,  todo un reducto de naturaleza en pleno traspaís de la ciudad. Un lugar que me evoca aquellas correrías infantiles siguiendo sus centenarias y vetustas atarjeas y acueductos por sus estrechos andenes que zigzaguean las escarpadas laderas de los barrancos, o atravesar, con cierta inquietud, aquellas oscuras y largas "cortadas" que, a modo de túnel, comunicaban los diferentes valles como los de Anchieta, La Leña y Tahodio.  De todo ello voy hablar en este artículo; de cómo una infraestructura hoy olvidada, que supuso un ímprobo esfuerzo humano, económico y de ingeniería, fue tan importante para dar cobertura a las necesidades de una urbe y un puerto que crecían exponencialmente.


Barranco de Anchieta y su red de atarjeas.
Emplazamiento y traspaís santacrucero

Santa Cruz desde Anchieta
Santa Cruz de Tenerife es una ciudad cuyo emplazamiento y soporte físico queda constreñido por las montañas y los riscos del Macizo de Anaga, hacia el norte,  y el océano Atlántico, por el sur. A su vez, una serie de barrancos que nacen en el interior del macizo, atraviesan y desaguan en su litoral, algunos de ellos hoy soterrados, en su tramo final, bajo el asfalto y cemento de la urbe. Estos condicionantes han marcado el devenir de su historia urbana; desde aquel primigenio caserío en torno a la Caleta de Blas Díaz y la Iglesia de la Concepción, hasta convertirse en la urbe actual, el crecimiento urbano se ha ido produciendo necesariamente a saltos de barranco, conviviendo ese urbanismo con una importante agricultura en torno a sus laderas y pie de montes.
Barranco de Tahodio

Mar y montaña son dos activos importantes que, paradójicamente, han ido cayendo en el olvido, pudiendo afirmarse que la ciudad, al menos durante las últimas cuatro o cinco décadas, ha vivido de espaldas a ambos. Bien es cierto que parece existir una voluntad de volver a acercar el mar a la ciudad, con la ejecución de algunos ambiciosos proyectos recientes y otros pendientes, pero con la montaña sucede otro cantar. Y es que realmente hay un conspicuo desconocimiento del patrimonio natural y cultural, tangible e intangible, que atesoran los barrancos santacruceros, representados por su principal el de Santos y de otros como los del Hierro, Aceite, Aguaite, San Antonio, La Leña, Anchieta, Almeida, Tahodio, Valleseco y Bufadero por no extendernos más allá. Unos activos en el olvido que bien merecen ser dados a conocer.

Ese hinterland de barrancos, laderas y riscos, que se extiende tras la ciudad, realmente encierra unos elementos patrimoniales sorprendentes, en términos de lucha urbe "versus” territorio por abastecerse. 

El agua de abasto y su tránsito hasta la ciudad

Uno de los grandes problemas que la población hubo de enfrentar desde sus inicios, fue la demanda de agua, elemento vital sin el que es posible la producción y reproducción social. 
Ya en aquel lejano 1494, cuando se funda el "Real de Añazo", las tropas de Alonso Fernández de Lugo eligen como emplazamiento la vera del Barranco de Santos, cuyas escorrentías permanentes –se le llegó a denominar “El Río”- les aseguraba un fácil acceso al preciado recurso. 

Con la llegada de nuevos colonos, tras la Conquista, y el consiguiente aumento de población, fueron numerosos los pozos que se abrieron junto al barranco, cuyas aguas eran extraídas por el sistema de norias -hecho que ha dejado huella en la toponimia de la ciudad como ocurre con la popular Calle de La Noria, que discurre paralela al Barranco de Santos-, que cubrían la demanda del incipiente caserío, pero que pronto quedaron inservibles para el consumo humano debido a que la calidad de sus aguas mermaron, por su incesante explotación y subsiguiente "contaminación", al mezclarse con el agua de mar, volviéndose salobres. 

Las canales de madera. El primer "circuito" del agua. 


Fuente de Isabel II a finales del siglo XIX. Foto: Miguel Bravo
De esta modo, ya durante el siglo XVIII se hubo de recurrir a traer el agua hasta la ciudad desde las montañas, donde se ubicaban los principales nacientes de Anaga, Tahodio y los Montes de Aguirre, construyéndose para ello, en 1707, una compleja red de canales de madera, por orden del Capitán General Agustín de Robles y Lorenzana -obra sufragada por la Real Hacienda, pósitos del Cabildo y algunos vecinos- que, salvando el escollo de las montañas,  llegaban  hasta la ciudad cubriendo el abasto de la población, las fuentes públicas, las necesidades de las tropas de defensa, la aguada de los barcos y los riegos de las fincas y huertas de la ciudad.  
Plano de Santa Cruz de Le Chevalier, en el que se puede ver la canalización de madera que conducía agua hasta la fuente del Chorro en la actual calle del Pilar. Fuente: canarizame.com
Este primer trazado de atarjeas consistían en un sistema de canaletas de madera empatadas y colocadas sobre palos o soportes equidistantes. Se encontraban elevadas a cierta distancia del suelo, con el fin de impedir que el ganado abrevara en ellas. Además se situaban en lugares poco frecuentados y de complicado acceso, a fin de impedir que los vecinos sustrajeran el líquido elemento. Asimismo, los frondosos bosques de laurisilva y monteverde de Anaga suministraron toda la madera precisa, lo que se tradujo en una obra llevada a cabo con gran rapidez y relativo bajo coste.  

La canalización de 1827. La obra de mampostería. 

Acueductos en el Bco. de Anchieta
Conforme la ciudad y su puerto crecían, y por ende la población, las demandas de caudales de agua también se incrementaron. Los canales de madera mantuvieron su servicio hasta poco después de 1826, cuando siendo D. Francisco Tomás Morales -Comandante General de la Provincia y Presidente de la Junta Administrativa del Agua-, se inician las obras para sustituir el circuito de atarjeas de madera por una gran obra de mampostería, con túneles y acueductos. Un proyecto necesario que, amen de incrementar sobremanera los caudales, sería más seguro y duradero, en aras de minimizar pérdidas de agua y las constantes reparaciones que requerían las viejas canalizaciones de madera. Esta empresa se llevó a cabo sufragada por el Ayuntamiento y algunos vecinos con cierto poder adquisitivo que participaron como accionistas

La obra no sólo se limitó a la canalización en sí; para realizar esta nueva conducción de "11.000 varas" de atarjeas, fue preciso fabricar caminos para acercar materiales y personal al trazado escogido, cuyas tareas precisaban la utilización de argamasa, encalado y otras obras menores.

Con la obra de la Presa de Tahodio, hacia 1916, se configuró otro nivel de atarjea, paralelo al de 1826. Y ya en los años 30-40 del pasado siglo, un tercero de hormigón armado y encofrado.
Tramos de atarjeas que transitan por las ladera sur del Barranco de Anchieta

Detalle de los materiales empleados en los soportes, canales y acueductos
Arco o acueducto que salva el paso de la canal por el Barranquillo del Aceite
Arco o acueducto a su paso por un barranquillos
Acueducto que salva el Barranco de La Leña.
Detalle de la atarjea más reciente, de hormigón armado. Siempre de trazado pararlelo
al circuito primigenio. Barranco de La Leña.

Detalle en el Barranco de Anchieta. con canales de desagüe bajo la atarjea que discurre por encima de los mismos.
Imagen donde se aprecian  los diferentes niveles de conducciones. Barranco de Anchieta
Una obra de este calibre, en pleno siglo XIX, a lo largo de varios kilómetros de riscos y andenes casi inaccesibles,
 requirió de un esfuerzo humano y material sin parangón.

Perspectiva que refleja la complejidad y espectacularidad de la obra 


Otra perspectiva de la canalización más reciente sustentada por columnas de hormigón


LAS CORTADURAS

Durante la ejecución del proyecto de 1826, se decidieron realizar otras obras de mayor envergadura, como era la de hacer una Cortadura o Taladro para dar paso la canalización desde el Valle de La Leña al de Anchieta, con cuya obra se lograba además de sacar el agua a mayor altura, se consiguió ahorrar muchos centenares de metros de trazado. Cuentas las crónicas que este reto para la ingeniería de la época, requirió contar con dos quintales de pólvora, suministrados por el Comandante de Artillería a la Junta del Agua.

La Cortadura Grande

Es el paso subterráneo que comunica los Valles de La Leña y Anchieta.



Pequeño pasillo que atraviesa la montaña.
Tramo de conducciones "que penetran" en la Cortadura Grande, hacia el Valle de La Leña desde el de Anchieta.

La Cortadura Chica

Es el paso subterráneo que comunica los Valles de Tahodio y La Leña.


Bocas de entrada y salida de la Cortudara Chica desde el Barranco de La Leña a Tahodio



VALORACIÓN DEL LUGAR 


12345
VALORES PATRIMONIALES




VALORES PAISAJÍSTICOS




VALORES CIENTÍFICOS




GRADO DE CONSERVACIÓN




CAPACIDAD EVOCADORA





BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

  1. ·        Luis Yanes, Mª Jesús y Sánchez Hdez., José María: Historia de S/C de Tenerife
  2. ·        García, Carlos. S/C de Tenerife. Historias y Añoranzas de la Antigua Cuidad
  3. ·        Cola Benítez, Luis. Barrancos de Añazo.
  4. ·        Cola Benítez, Luis. La Odisea del Agua en Santa Cruz.
  5. ·         Cioranescu, Alejandro: La Historia de Santa Cruz de Tenerife.


martes, 4 de octubre de 2016

REFLEXIONES DESDE LA VENTANA JUNTO A LA PEQUEÑA GÉNOVA ATLÁNTICA.


Ventana con asientos e inmejorables vistas
"Hállome" aquí, tan extraño, junto a una vetusta y centenaria ventana de asientos de un viejo inmueble "superviviente" de una gran "tragedia". Desde aquí sus propietarios y descendientes, durante generaciones, han tenido el privilegio de contemplar la hermosa trama urbana radioconcéntrica de la Villa y Puerto de Garachico; un plano tan singular que llegó a denominarse como la Pequeña Génova del Atlántico, algo que tampoco es de extrañar teniendo en cuenta el origen de su fundador, el banquero Cristóbal de Ponte, que ya desde 1499 se constata tenía residencia en la zona.

Desde este lugar elevado, rodeado por las lavas que, aquel lejano mayo de 1706, fluyeron sobre  estas pronunciadas pendientes que enmarcan la población, procedentes de la erupción del volcán de Montaña Negra o Trevejo, llegan recuerdos de mi infancia,  aquellas historias y leyendas que leía o me contaban durante mi etapa escolar, aquellas  que mencionaban la presencia de barcos sepultados bajo la lava, cargados de fabulosos tesoros, oro y joyas, pavimentos de mármol que enaltecían aquellas calles llenas de opulencia, por las que transitaban incesantemente, clérigos, banqueros, mercaderes, comerciantes y terratenientes, sin duda lo más selecto de los estamentos sociales de la isla en aquellos años. Uno imaginaba el mito pompeyano trasladado a Tenerife.

Mapa de Garachico de Leonardo Torriani (finales del siglo XVI), donde se observa la magnitud de la bahía antes de la erupción de 1706, así como la peculiar distribución que adquiere la trama urbana muy semejante a los modelos adoptados por Génova.

Siempre he sentido predilección por los cascos históricos, ellos concentran, sin duda,  gran parte de la esencia cultural de nuestra tierra, constituyendo un libro abierto de los modos de vida pretéritos, de la evolución de nuestra arquitectura y poblamiento, las influencias constructivas y sociales de tanto endógenas como exógenas, en definitiva nos muestran muchos matices de nuestra cultura. 

Ningún otro lugar del norte de la isla de Tenerife disponía de mejor fondeadero que la amplia y protegida rada garachiquense. Desde los primeros años subsiguientes a la conquista europea, la industria azucarera se convirtió en el motor de la economía insular y la zona de Daute fue, sin duda, un referente en términos de producción y exportación de tan preciado género. De este modo, no es de extrañar el desarrollo poblacional que pronto adquirió el lugar como entrada y salida de productos; lugar donde se realizaban las transacciones comerciales y se desarrollaba una intensa mercadería, comenzando tempranamente a consolidarse una peculiar trama urbana en torno a su amplia ensenada. 

Así nace Garachico, consolidándose como núcleo urbano donde, con el tiempo, se fueron estableciendo banqueros, promotores, consignatarios, carpinteros de ribera, pescadores y otras gentes vinculadas al sector y la actividad agrícola y portuaria, así como importantes órdenes religiosas que eligieron la Villa para levantar sus conventos, ermitas e iglesias, algunas de las cuáles aun permanecen en pie.

El siglo XVII constituye su época de máximo esplendor, con el ciclo del azúcar acabado y el auge de los famosos vinos de malvasía, los más apreciados en el mundo de aquella época y cuyo secreto, desdichadamente, parece perderse en la noche de los tiempos.

De su puerto, para bien y para mal, dependía la economía de la Villa. Acondicionado durante el reinado de Felipe II, partían las naves cargadas de azúcar y, posteriormente, con el afamado malvasía hacia los puertos del “Nuevo Mundo”, Gran Bretaña, Flandes, Angola, etc., y regresaban repletas de productos de considerable estima, como especias orientales, esclavos de África, paños ingleses, obras de arte de Flandes y diversos productos manufacturados, como joyas, aceites, cueros, y otros géneros de estimable valor. Fruto de ese desarrollo mercantil y social, Garachico se transformó en una localidad próspera, sin parangón en la Isla, hasta  la erupción volcánica de Trevejo o Montaña Negra, cuando aquel lejano 5 de mayo de 1706 la tierra se abrió en la cumbre y varias lenguas de lava discurrieron ladera abajo, salvando el escollo orográfico, sepultando para siempre la hermosa bahía que quedó reducida a la pequeña rada que vemos hoy, y cercenando cualquier  posibilidad de mantener su privilegiado estatus. Aquel importante puerto comercial apenas pasó a convertirse en un modesto caladero de barcos de pesca.

Qué curiosa paradoja la del cremonense Leonardo Torriani, ingeniero militar de Felipe II, cuando analizando las necesidades de defensa de la población convino reforzar ambos flancos, este y oeste, menos por detrás -hacia el sur-, afirmando: "Garachico se halla debajo de montañas muy altas, por donde no le puede venir ningún daño"


...y FUE DESDE LA CUMBRE DONDE VINO EL DAÑO IRREPARABLE...
Una de las lenguas de lava que inutilizaron la rada en 1706.
"Puerta de Tierra" (siglo XVI), rescatada de las
 lavas de la erupción de 1706 . Era la entrada principal 
de aquel puerto por donde entraban y salían 
mercancías de todo tipo. 

Castillo de San Miguel (1575)
Sin duda era Garachico aquel lugar delicioso y puerto de mar opulento, del cual nos dejó la siguiente descripción el franciscano y escritor Fray Andrés Abreu:

"Está la alegre y hermosa situación de Garachico al pie de un risco que se levanta por la parte del sur, tan empinado que no parece sino antepecho de esmeralda en que descansa el cielo... tan derecho... que su misma elevación protesta sus trabajos en el continuo sudor de muchas copiosas fuentes... Es verdaderamente deleitable a la vista, porque todo el año se viste de una agradable primavera que, en la amigable composición de pensiles y montes, mezcla frondosas vides y variedad de plantas fructíferas... con la permanente frescura de árboles silvestres... Por la parte del norte se halla el lugar sitiado de la jurisdicción del mar, a quien embravecen tanto los enojos del cierzo que suele salir de su curso y atravesar las calles...".

Imagen del Garachico a finales del siglo XIX


Una trama urbana singular, vinculada a la presencia genovesa

Fundado en 1499 por el genovés Cristóbal de Ponte, Garachico, como “centro neurálgico” de la presencia genovesa en la Isla de Tenerife y Comarca de Daute, en el siglo XVI, refleja en su diseño urbano, arquitectura y expresiones patrimoniales, a escala reducida, gran parte de los modelos de hábitat propios de Génova y su poderosa República italiana de finales de la Baja Edad Media.

La importancia comercial adquirida durante los siglos XVI y XVII, así como su peculiar morfología urbana y planimetría de la Villa, justifican el calificativo de “La Pequeña Génova Atlántica”.

Panorámica de Garachico donde se refleja su peculiar plano.
La impronta del Renacimiento tardío

Añeja silueta de casonas con balcones y la Iglesia matriz
de Santa Ana (1520), al fondo.
Un paseo por su primigenia trama refleja las formas específicas a través de las cuáles el Renacimiento tardío se proyecta en el espacio urbano, con especial incidencia en las tipologías del hábitat y la arquitectura religiosa. La Iglesia Matriz de Santa Ana, el Convento de San Francisco o la Casa de los Marqueses de Adeje y Condes de la Gomera son fieles exponentes de esta corriente que se extiende hasta el siglo XVII.
La "Casa de Piedra" o de los Condes de La Gomera (siglo XVII)
Rincón garachiquense y pórtico del Convento
 de San Francisco
 Una ciudad libre y tolerante

Otro de los grandes rasgos que se puede inferir en la arquitectura de la Villa deriva de la importante presencia en la Comarca de judíos y moriscos, en especial de origen portugués, que habían huido del rigor inquisitorial en el continente. Un espacio, sin duda, de libertad en la dura etapa de intransigencia religiosa generada a partir de 1482, con la potenciación en la Monarquía hispana del Santo Oficio. Retazos de estas culturas, pueden verse en los artesonados mudéjares de los templos, como la Parroquia Matriz de Santa Ana o el ex-convento de San Francisco, y en los edificios del casco que presentan el característico ajimez u oteadero, como los de la Casa de los Marqueses de la Quinta Roja, la Casa de los Ponte y otros inmuebles ligados a algunos inmigrantes célebres que se asentaron en la zona.



Casas con  ajímez u oteadero, torreón desde el cuál se
divisaba el tránsito de barcos en la rada




Casa de Ponte (S.XVIII), con su ajímez característico, notable inmueble hoy reconvertido en hotel
Una arquitectura tradicional en todas sus variedades

Hacienda de El Lamero

Un paseo por la estrecha red de calles y vericuetos de la Villa, declarada Bien de Interés Cultural como Conjunto Histórico, en 1994 por el Gobierno de Canarias, nos descubre la belleza del patrimonio arquitectónico que concita, representado por la vivienda doméstica popular, de una planta, donde se infiere la notable impronta portuguesa en sus tejados a cuatro aguas rematados en punta de diamante. 

También abundan edificaciones de dos y tres alturas levantadas por familias con mayor poder adquisitivo, propietarios de la tierra, banqueros, consignatarios, clero y otros. Sobresalen asimismo algunas "haciendas", grandes inmuebles adscritos a una gran propiedad, otrora ligados a todo el sistema productivo desarrollado en su entorno. La Hacienda de El Lamero o la casa del Marqués de Villafuerte constituyen dos magníficos ejemplos. 

A todo ello hay que añadir sus notables exponentes de la arquitectura religiosa, muchos de ellos presentes desde la época fundacional, con destacadas fábricas que denotan la importancia que en su día llegó a adquirir el lugar.

La Casa de Arango (S-XVII), otro superviviente
milagroso de aquellos ríos de lava
que anegaron e inutilizaron la rada.
Véase una de las lenguas en la ladera.


Monumento que conmemora
el célebre "Derrame del Vino" de 1666,
obra del grancanario Luis Montull.

Más de cinco siglos de avatares jalonan su existencia. Una Villa que ha sabido resistir y sobreponerse a cuantas contingencias se han cruzado en su devenir histórico; no en vano siempre fue punto codiciado por la piratería; un lugar que ha sufrido temporales de mar devastadores, grandes incendios, mortales epidemias de peste, contrarrestado importantes crisis económicas, rebeliones populares como el célebre "Derrame del vino", acaecido en 1666, motín donde los garachiquenses se rebelan contra la pretensión monopolista inglesa; y, sobre todo, el azote del volcán de Trevejo, aquél funesto 5 de mayo de 1706, cuyas lavas cegaron su rada y cercenaron un futuro de prosperidad.

Con todo, hoy la Villa mantiene vivas las señas de identidad de lo que otrora fue, siendo el principal activo para garantizar el futuro de sus gentes, una impronta del pasado que no sólo ha de ser conservada, sino también, en la medida de lo posible, acrecentada, a través de políticas públicas que realcen, en clave sostenible, sus históricos valores y la idiosincrasia del lugar. 

La Plaza de Abajo, lugar aproximado donde se realizaban los embarques previos a 1706.
Panorámica con característico plano urbano de Garachico
Estampa característica de Garachico, junto a su Roque.
Detalle del casco de Garachico. En primer término la Plaza de Abajo y destacando la Iglesia matriz de Santa Ana (S- XVI)




















VALORACIÓN DEL LUGAR


1 2 3 4 5
VALORES PATRIMONIALES




VALORES PAISAJÍSTICOS




VALORES CIENTÍFICOS




GRADO DE CONSERVACIÓN




CAPACIDAD EVOCADORA




domingo, 2 de octubre de 2016

LAS "VIEJAS" RUTAS DEL SUR DE TENERIFE, CAMINOS CON ALMA QUE LANGUIDECEN


Mapa de caminos reales de Tenerife. Atribuido a Antonio Riviere. 1740
Ahí permanecen, incólumes, impasibles, acaso esperando que “alguien” se acuerde de ellas, sí de esas “piedras” otrora testigo de las experiencias vitales de nuestros lejanos, que sobre ellas transitaban con sus bestias repletas de cargamentos. Viejos caminos que fueron lugar de encuentro entre los lugareños y la gente de “afuera”, gentes del norte y del sur, tan cercanas y a la vez tan distantes entre sí; fruto de una orografía hostil, que secularmente condicionó la tenue y precaria red de comunicaciones de estas tierras del “Sur” de nuestra isla de Nivaria. Hecho nada baladí, hasta el punto que muchos de los habitantes sureños jamás llegaron a pisar la “isla verde”, esa que se extiende por la toda la vertiente norte hasta la costa, al otro lado del Teide, y sin más recuerdos que llevarse a la tumba que los tonos ocres de la sempiterna aridez de una tierra volcánica joven, donde las escasas y esporádicas lluvias no permiten más crecimiento que ese matorral abierto característico de nuestro piso basal canario, amalgama de especies suculentas, raras y bellas a la vez. Sólo en las altas medianías y cumbres es posible disfrutar de cierto verdor, de ese pinar abierto que se desarrolla hasta los dominios de lo que los guanches denominaban la morada de Guayota, el Teide y Las Cañadas.


Acercarse al conocimiento del territorio de las comarca del Sureste,  Abona, Chasna e Isora - representadas por los municipios de Candelaria, Güimar, Fasnia, Arico, San Miguel, Vilaflor, Granadilla, Arona, Adeje y Guía de Isora- requiere una aproximación histórica a sus primigenias vías de comunicación; teniendo, por un lado, los viejos "caminos radiales" que discurren de costa a cumbre, tan necesarios en las comunicaciones verticales en tiempos donde los productos y mercancías fundamentalmente tenían salida por mar y, por otro, los "caminos reales", aquella gran vía que, a modo de añeja "autopista", comunicaba los pueblos del Sur con La Laguna y la capital, Santa Cruz de Tenerife. La construcción de la Carretera General del Sur, en las primeras décadas del Siglo XX, supone el declive y abandono de estos viejos itinerarios, en el mejor de los casos hoy puestos en valor, algunos tramos, como senderos turísticos, homologados o no.

Tramo del camino real entre Fasnia y El Escobonal. Al paso por el Barranco de Herques
Imagino que suene romántico, en pleno siglo XXI, acordarnos que alguna vez unos caminos infames, duros y sinuosos fueron tan importantes para la sociedad insular y estuvieran tan llenos de vida; pero es la fiel realidad, es nuestra historia, forma parte de nuestra memoria como pueblo, y las historias que en ellos acontecieron merecen ser dadas a conocer y, en la medida de lo posible, ser rescatados del olvido y puestos en valor para su uso, no como el de antes, algo que sería un sinsentido, pero sí en aras de poder disfrutar de sus  singulares vericuetos, rincones y paisajes que transitan. ¿Qué estamos enseñando en las escuelas?, ¿acaso estas cosas no conciencian, no interesan?, ¿qué estamos ofreciendo a nuestros turistas más que esos tópicos ”palizones” de guagua para ver cuatro cosas y comer en esos “salones” de turno?. Humildemente pienso que debemos tomar nota y plantearnos estas cosas.

Uno de los males/patologías de los caminos reales, el el "descarnado" de su empedrado por falta de mantenimiento. De no actuarse sobre ellos estos activos patrimoniales pronto desaparecerán. Arico
Tramo empedrado con pavimento en buenas condiciones. Arico
Desde aquí esta pequeña aportación sin más mensaje que el cuidar de estas pequeñas cosas puede conllevar réditos inesperados y no sólo económicos.
Tramo del camino real Arico-El Río
Tramo de un camino costa-cumbre. Altos de Granadilla. 
Tramo del camino real que comunica la Villa de Arico con Arico Nuevo
El camino real empedrado que transita hacia Arico Nuevo, al fondo.